Escrito por: Psicóloga Claudia Ariza

En el ámbito educativo de la psicología se cursan diversas asignaturas orientadas en las bases teóricas necesarias para el ejercicio profesional. Sin embargo, desde una experiencia personal se puede mencionar que fueron pocas las materias enseñadas en las que las emociones se clasificaban como “buenas” o “malas” y que sea necesario cuidarse de sentir algunas de ellas. Por el contrario, desde una perspectiva académica tradicional, las emociones se comprenden como respuestas que emergen a partir de un estímulo interno o externo y que pueden generar experiencias subjetivas de satisfacción o displacer (Lazarus, 1991; Vázquez et al., 2021).
Así mismo, en la formación universitaria se aborda el estudio de las emociones desde sus funciones neuronal, cognitiva y motora (Vázquez et al., 2021). No obstante, Castañeda et al. (2021) señalan en su investigación que, dentro de la formación académica en psicología, no se evidencia un desarrollo progresivo de la inteligencia emocional. Sus resultados muestran diferencias significativas en el análisis de la población estudiantil, particularmente en variables como la empatía y el equilibrio emocional al compararlas con el grado escolar que cursa el alumnado (Castañeda et al., 2021). Sin embargo, dichas diferencias no presentan una relación directamente proporcional con el avance en la carrera, ya que estas habilidades no aumentan conforme se progresa en las asignaturas del plan de estudios, este hallazgo resulta relevante, dado que se espera que la formación en psicología favorezca el fortalecimiento gradual de estas competencias a lo largo del proceso formativo (Castañeda et al., 2021).
Sin embargo, extraña vez incluyen ejercicios prácticos sistemáticos para aprender a gestionarlas, tampoco se explicita que la persona en formación, posteriormente profesional, experimentará sus propias emociones y deberá confrontarlas en el contexto de la consulta psicológica (Castañeda et al., 2021). Este vacío formativo contribuye a la difusión de una idea errónea: que la o el profesional de la psicología debe mantener una neutralidad absoluta, casi inalterable, frente al relato del consultante, reafirmando la necesidad observada por Castañeda et al. (2021) de renovar el plan formativo de psicología porque se contempla que es necesario el desarrollo de habilidades como resiliencia; capacidad de afrontar dificultades, empatía; poder comprender el dolor ajeno, asertividad; expresión emocional de manera tranquila y compasiva y autoestima; estima a sí misma como persona, porque son importantes al instante de acercarse a las personas consultantes.
Neutralidad profesional y mandato social de no sentir
La neutralidad profesional como exigencia de objetividad suele interpretarse de manera equivocada, como el deber de no conmoverse ante el sufrimiento de las demás personas, lo que termina invitando a la abstinencia de la sensopercepción emocional (Canda, 2024). Tal postura para Montesdeoca (2024) no solo es limitada desde la psicología clínica, sino que también se vincula con dinámicas sociales más amplias. En los micromachismos, por ejemplo, se refuerza la idea de que expresar emociones es un signo de debilidad, asociándose de forma indigna a lo femenino y promoviendo, en general, el mandato de no sentir (Montesdeoca, 2024).
Estas dos posturas, la mal comprendida neutralidad profesional y la exigencia social de inhibir las emociones concurren en un mismo denominador común: la negación de la experiencia emocional (Tanzilli et al., 2022). Sin embargo, la práctica psicológica confronta directamente esta idea, estar frente a narrativas de sufrimiento, violencias, pérdidas de sentido de vida, duelos y dolores constantes, entre otros, hace prácticamente imposible, e incluso poco humano, mantenerse indiferente (Tanzilli et al., 2022).
La emoción como fundamento de la empatía psicológica clínica
Aunque la persona profesional no llore junto al consultante porque está acompañando un proceso ajeno, sí observa, percibe y se conmueve tanto ante la alegría como la tristeza, esta capacidad no es un error técnico, sino una condición humana fundamental: la posibilidad de experimentar emociones (Vázquez et al., 2021). De no existir esta conexión emocional, probablemente se vería afectada la empatía, elemento central para entender, contener y orientar a quien acude a consulta (Castañeda et al., 2021).
La empatía no implica desbordamiento emocional ni pérdida del encuadre terapéutico, sino una respuesta afectiva regulada que permite captar el significado de la experiencia de la otra persona; en este orden de ideas, sentir no es un obstáculo para la práctica clínica, sino una herramienta que, bien elaborada, potencia el vínculo terapéutico (Muñoz, 2020).
El sentido de las emociones en la experiencia humana
Las emociones según Barrett et al. (2025) existen y es en la experiencia subjetiva donde suelen convertirse en categorías de buenas o malas. Sin embargo, más que juzgarlas, es necesario permitirse sentirlas y comprender su función; cada emoción llega por una razón: el miedo puede advertir sobre un peligro, pero también señalar un temor excesivo que requiere ser atendido porque interfiere con la vida cotidiana; la alegría puede indicar bienestar, aunque su exacerbación podría alertar sobre alteraciones en el funcionamiento psicológico o neurobiológico (Barrett et al., 2025).
Vistas de esta manera y siguiendo a Barrett et al. (2025) se sintetiza que las emociones adquieren sentido como sistemas de información y regulación, no se trata de evitarlas ni de controlarlas rígidamente, sino de escucharlas, interpretarlas y gestionarlas de forma consciente. Desde esta perspectiva, tanto en la vida cotidiana como en la práctica profesional, sentir no es una debilidad, sino una condición necesaria para comprender la experiencia humana.
Referencias
Barrett, L. F., Atzil, S., Bliss-Moreau, E., Chanes, L., Gendron, M., Hoemann, K., & Westlin, C. (2025). The theory of constructed emotion: More than a feeling. Perspectives on Psychological Science, 20(3), 392-420. https://doi.org/10.1177/17456916251319045
Canda, J. E. V. (2024). Dimensión axiológica en el desarrollo del currículo de psicología y desempeño en las prácticas de formación profesional. Revista Torreón Universitario, 1(1) ,120-133. https://orcid.org/0000-0002-3775-7520
Castañeda, G. C., Pérez-Sánchez, L., & Becerra-Altamirano, N. K. (2021). Inteligencia emocional en los psicólogos en formación. Psicología Iberoamericana, 29(2), 5-76. https://doi.org/10.48102/pi.v29i2.403
Lazarus, R. S. (1991). Emotion and adaptation. Oxford University Press. https://psycnet.apa.org/record/1991-98760-000
Montesdeoca, S., Escobar, G., & Rodríguez, L. (2024). Micromachismo y perspectivas de género: un análisis comparativo de las actitudes entre hombres y mujeres. Revista PSIDIAL: Psicología y Diálogo de Saberes, 3, 173–186. https://doi.org/10.33936/psidial.v1iEspecial.6423
Muñoz, C. (2020). Función de la empatía en el trabajo de psicólogos y psicoterapeutas. Revista Scientific, 5, 146-164. https://doi.org/10.29394/Scientific.issn.2542-2987.2020.5.E.7.146-164
Tanzilli, A., Trentini, C., Grecucci, A., Carone, N., Ciacchella, C. y Lingiardi, V. (2022). Therapist reactions to patient personality: A pilot study of clinicians’ emotional and neural responses using three clinical vignettes from In Treatment series. Frontiers in Human Neuroscience, 16,1–20. https://doi.org/10.3389/fnhum.2022.1037486
Vázquez, P. G., Basile, F. J. G., y López, J. A. G. (2021). Fundamentos teóricos de la educación emocional: Claves para la transformación educativa. Ediciones Octaedro.https://investiga.upo.es/documentos/636b0cd0ddab81041c5736a3?lang=gl


















































