Autor: Ps. Lucero Quijano Pulido

Imagen del Orbis Sensualium Pictus (1658), de Johann Amos Comenius, considerado el primer libro ilustrado para la enseñanza infantil.
A propósito del Día de la Educación, quisiera detenerme en el prodigioso y a veces subestimado mundo de lo que hoy entendemos por “influencer”. En la actualidad, muchas de las cosas que consumimos, adoptamos como propias o incluso deseamos, están motivadas por aquello que observamos en las redes sociales. Existe un otro, detrás de la pantalla, que nos enseña, nos propone maneras de hacer, nos induce curiosidad por probar, por intentar, y nos abre el paso a la experiencia y al aprendizaje.
Desde la psicología, este fenómeno puede pensarse a través del concepto de andamiaje: esos apoyos temporales que facilitan el aprendizaje hasta que una persona logra desenvolverse de manera autónoma. Sin embargo, solemos percibir la figura del influencer como algo lejano, asociada al estrellato o a un ideal inalcanzable. No obstante, ¿qué ocurriría si ampliáramos esta mirada?
¿Qué tal si pensáramos que el modo en que despertamos por la mañana, saludamos, nos dirigimos a otros, trabajamos o estudiamos, también constituye una forma de enseñar a través de la acción?
Esta idea conecta directamente con los planteamientos de Lev Vygotsky, quien sostuvo que el aprendizaje ocurre primero en un plano social y luego en un plano individual. Según su teoría, el desarrollo se produce a través de la interacción con otros más conocedores, quienes guían al sujeto dentro de su Zona de Desarrollo Próximo (ZDP), permitiéndole adquirir habilidades que no podría desarrollar por sí solo (Vygotsky, 2021).
El conocimiento, entonces, se internaliza progresivamente desde lo interpsicológico a lo intrapsicológico, mediado por el lenguaje y la cultura. En este sentido, todos, consciente o inconscientemente, influimos en el aprendizaje de otros a través de nuestra forma de estar, decir y hacer.
Desde la mirada del sistema educativo, Juan Delval plantea que los docentes no “enseñan a aprender” en sentido estricto, sino que actúan como facilitadores del aprendizaje, creando condiciones para que cada estudiante aprenda según su propio modo de conocer (Delval, 2013).
La educación, desde esta perspectiva, no puede ser homogénea ni generalizada, porque cada individuo aprende como sabe aprender. Esta idea no es nueva. Ya Juan Amos Comenio, siglos atrás, introdujo el uso de imágenes en los textos escolares y defendió la idea de que “hay que enseñar todo, a todos”. Con ello, sentó las bases de una educación inclusiva, pensada no solo para algunos, sino para todos, reconociendo la diversidad como una oportunidad para construir conocimiento (Comenio, 2019).
Uno de los grandes desafíos de la educación en el siglo XXI es trasladar aquello que resulta atractivo, dinámico y significativo del mundo externo hacia el aula, sin perder el sentido pedagógico. Esto implica despertar la curiosidad, promover experiencias de aprendizaje relevantes y realizar el tamizaje necesario para que lo educativo tenga valor y sentido para quienes aprenden (Delval, 2020).
En esta línea, Humberto Maturana propone que educar no es transmitir contenidos, sino configurar espacios de convivencia. Para Maturana, la educación ocurre cuando se educa desde el amor, entendido no como sentimentalismo, sino como la aceptación del otro como un legítimo otro en la convivencia (Maturana, 2020). Sin esta base emocional, no hay aprendizaje profundo posible.
A su vez, autores como Joaquín Gairín subrayan que la organización escolar y los contextos educativos son, en sí mismos, agentes formadores. La forma en que una institución se organiza, toma decisiones y se relaciona, educa tanto como los contenidos que declara enseñar (Gairín, 2014; Gairín & Armengol, 2016).
Educar hoy implica reconocer que todos influimos, que enseñamos con nuestras prácticas cotidianas, con nuestras palabras y silencios, con la forma en que habitamos los espacios compartidos. En tiempos de influencers digitales, tal vez el mayor desafío educativo sea recuperar el valor de la influencia humana, consciente, ética y afectiva, capaz de despertar curiosidad, pensamiento crítico y deseo de aprender.
Educar, entonces, no es una tarea solitaria ni confinada a los muros de la escuela. Como señala Delval, la educación acontece en una trama de relaciones donde la familia, el entorno y la escuela trabajan en sinergia, compartiendo la responsabilidad de formar personas capaces de convivir, pensar y participar en sociedad. Cuando estos mundos dialogan, el aprendizaje deja de ser fragmentado y se transforma en experiencia viva.
Y es allí donde resuena con fuerza la pregunta que Maturana nos invita a sostener:
¿Cuál es nuestro nicho en la vida?
No solo como docentes, madres, padres o profesionales, sino como seres humanos que habitamos un espacio relacional que otros también habitarán después de nosotros (Maturana & Dávila, 2015).
Quizás educar sea, en el fondo, cuidar el nicho que ofrecemos: el clima emocional que creamos, la forma en que miramos, escuchamos y validamos al otro. Porque no enseñamos solo contenidos, normas o habilidades; enseñamos una manera de estar en el mundo. Y en esa convivencia cotidiana … a veces silenciosa, a veces visible, se juega la influencia más profunda, aquella que no busca seguidores, pero sí deja huella.
Bibliografía
Comenio, J. A. (2019). Didáctica magna. Akal.
Delval, J. (2013). Aprender en la vida y en la escuela. Morata.
Delval, J. (2020). El desarrollo humano (10.ª ed.). Siglo XXI Editores.
Gairín, J. (2014). La organización de centros educativos (2.ª ed.). Wolters Kluwer.
Gairín, J., & Armengol, C. (2016). Organizaciones educativas y desarrollo profesional. Síntesis.
Maturana, H. (2020). Emociones y lenguaje en educación y política. Editorial Universitaria.
Maturana, H., & Dávila, X. (2015). El árbol del vivir. MVP Editores.
Vygotsky, L. S. (2021). El desarrollo de los procesos psicológicos superiores. Crítica.


















































